La Navidad es una fecha esperada por muchos cristianos, quienes celebran el nacimiento de Jesucristo. Además, de ser una actividad de congregación religiosa, es una oportunidad para poder compartir con las demás personas desde una cena hasta un regalo, que tal vez innecesariamente contribuye al consumismo mediático de la sociedad.
A pesar de que hay campañas solidarias (particularmente en las semanas de diciembre), en las que hombres y mujeres de supuesta buena voluntad entregan chocolate caliente y juguetes de plástico a los más avivados. No existe mayor motivación para generar empatía con los que más necesitan.
Un juego llamado «amigos secretos», en el que individuos iguales y no tan iguales participan entregando regalos, con la condición de que tenga el mismo costo y sea algo que le agrade al remitente, se hizo popular en diversos ámbitos. Supongo que es un intento de generar una convivencia sana entre los miembros de una organización, familia o compañeros, pero lo real es que es una pésima idea. Las razones: un regalo que no se adecua a lo que se espera, un amigo a quien regalar que ni siquiera hemos visto durante todo el año, una presión por participar casi obligatoriamente, y una sonrisa falsa de satisfacción en la que la mente piensa: «esperé algo mejor».
¿Y si juntamos todo ese dinero para ofrecérselo a alguien que de verdad lo necesita? Lo cierto es que a pesar de que sea predecible y poco satisfactorio un intercambio de regalos, al menos tiene la ventaja de que ese grupo de personas pueden darse «el lujo» de recibir algo, a diferencia de otras personas que tienen que pasar ciertas penurias para tener un alimento que comer ese día.
Me refiero a los adultos mayores que con algunas de las discapacidades propias de la edad, pasan solos, sin la compañía de sus seres queridos; a los comerciantes que tienen que soportar el frío de la intemperie para poder ganar unos billetes; a los enfermos en un hospital que no saben si el próximo año seguirán en este mundo; a los niños que no tienen la oportunidad de tener buenos juguetes o incluso una cena decente; y a todas las personas que amargamente no disfrutan una fecha como otros más afortunados sí lo pueden hacer.
La idea no es criticar las costumbres populares; sin embargo, si tan solo fuéramos más empáticos con los que lo necesitan, nos daríamos cuenta de que un regalo de 20, 50 o 100 soles a una persona que tiene iguales posibilidades que uno, puede ser mejor invertido colaborando con nobles causas que les serviría para tener un mejor día.



