Con el tiempo se aprende a conocer mejor a las personas, a descubrir sus virtudes, a tolerar sus defectos, pero sobre todo, a ser astuto y entender ante quiénes se puede poner las manos al fuego, porque una amistad sincera es complicada de encontrar y mucho más de conservar.
En un mundo tan cambiante y cada vez con menos valores, la gente, en primer lugar, espera satisfacer sus instintos básicos, sin importar las normas morales o el respeto que debe haber hacia los demás o hacia la sociedad. El dinero, el afecto o la visibilidad parecen ser más importantes que las necesidades básicas humanas. Priorizan de manera ambiciosa el tema económico, buscan desesperadamente aprobación y atención para llenar un vacío emocional, intentan salirse con la suya cada vez que pueden; así, cada conducta está destinada a priorizar a toda costa el efímero bienestar personal.
En ese mundo poco sensible, las personas que van llegando son muchas veces una gran lección de sabiduría y, por otro lado, un ancla tóxica que nos detiene en el camino al éxito. Puedo enumerar decenas de individuos que llegaron en todos estos años a mi vida y que me dieron grandes lecciones, no solo de madurez, sino también de humanidad; pero también existieron algunos y algunas que solo llegaron para pedir un favor y desaparecieron.
Iniciemos con aquellos que habría preferido no cruzarme en su camino: gente que no tiene cierta coherencia para entender que una amistad es un compromiso, pero sobre todo, respeto. Respeto por reglas básicas como el buen trato, ser responsable con los deberes, la discreción y el apoyo incondicional. Algunos escriben o llaman solo para pedir un favor (auxiliarlos, prestarles dinero, colaborarles, etc.) y luego desaparecen de la faz de la tierra, lo cual es muy común. Por otro lado, hay personas que no aportan absolutamente nada a la vida de uno, que los buscan solo para ser parte de algún vicio o de un círculo tóxico. Es mejor mantenerlos a un lado.
Al otro extremo están las personas que con su humildad y gratitud pueden abrirte la puerta de su casa e invitarte a compartir su comida; aquellos que te llaman en tu cumpleaños y se entusiasman de que vivas un año más; los que preguntan por la salud de tus padres; los que te visitan cuando no saben de ti; los que te escuchan activamente cuando les cuentas un problema; los que se cortan la lengua para guardar tus secretos; los que se alegran con tus logros y te consuelan en tus desgracias. En fin, tantas formas de demostrar la lealtad y el respeto.
Los años te ponen a diversas personas en el camino, pero con lo que acabo de escribir, me doy cuenta de que no es difícil identificar a los que realmente son amigos.



